Este es el título del libro en el que Nanda Santana Cruz relata la tortura (violencia psicológica, vicaria e institucional) que vivió tras separarse del padre de sus hijos. El libro es un manual de supervivencia, de hecho, su subtítulo “Cómo sobreviví a la violencia machista psicológica y vicaria” ya nos lo apunta. He tardado mucho tiempo en leer esta obra porque tras la lectura de cada capítulo necesitaba tiempo para procesar lo leído y recuperarme emocionalmente (y si yo como lectora lo he vivido así, imaginad vivirlo en carne propia); la violencia machista es devastadora, pero leer la falta de respuesta, sensibilización, formación… de muchos recursos que tienen que prestar apoyo a las mujeres que la sufren es frustrante, especialmente para quienes estamos especializadas en esta violencia. Voy a transcribir sólo un pequeño párrafo de las casi 300 páginas del libro:
Es también terriblemente doloroso para las víctimas que las personas que supuestamente podrían ayudarlas las sitúen en el mismo plano que el agresor, que les pongan a ambos al mismo nivel. (…) En su afán de no tomar partido por uno o por otra; de mantener una exquisita y, en su visión, profesional equidistancia; de ser los perfectos mediadores, ninguno fue capaz de apreciar la relación de desigualdad que existía de hecho entre él y yo, que además ni siquiera había tomado aún conciencia de estar siendo objeto de violencia psicológica. Algo que, con toda su experiencia, tampoco vieron ellos. Y, por ende, no sólo no me ayudaron, sino que me generaron más tristeza. Pocas cosas me pudieron doler más en esos años que la incomprensión (…) pp. 127-128
No sé qué tiene que ocurrir para que las y los profesionales que atienden a mujeres que sufren violencias machistas vean esto. Para que entiendan las dinámicas tan perversas que aplican los maltratadores, para que identifiquen las relaciones de poder que son la base de la violencia contra las mujeres, para que no apliquen la mediación en situaciones de desigualdad … No sé si bastaría con sesiones maratonianas de formación, es complicado transformar el sexismo y la misoginia interiorizada de decenas de profesionales de diferentes disciplinas que, en lugar de ayudar, contribuyen a la doble victimización de las mujeres, que no sólo sufren la violencia de sus agresores sino del sistema que las ha de proteger. Me duelen especialmente los sistemas educativo y de servicios sociales, clave el primero para la detección y prevención y el segundo para el apoyo, acompañamiento y recuperación. En ambos hay muchas profesionales del Trabajo Social, que es mi disciplina, y pienso que no podemos añadir más daño a las mujeres del que ya traen. Pero sin duda los sistemas más violentos para nosotras son el judicial y el policial, y si bien ha habido avances significativos, todavía la vida de muchas mujeres y sus hijas e hijos está en manos de demasiados jueces (y también juezas) patriarcales.
No hay más que ver en estos días el caso de Juana Rivas y de tantas madres protectoras que son cuestionadas constantemente y obligadas a que sus criaturas convivan con sus agresores, el mayor despropósito de un sistema que ha de tener como referente, por encima de cualquier otra consideración, el interés superior de la infancia.
Necesitamos que se escuche a los niños y niñas, que se les crea, que se les tenga en cuenta; mientras, nos quedaremos con el mensaje que envía Nanda en su libro: que es posible superar la violencia a pesar de los numerosos obstáculos que han de afrontar las mujeres. Y no sin antes recordar que no se puede animar a denunciar si no hay respaldos reales detrás, que hay violencias más invisibles que resulta complejo demostrar y que todavía no hay la suficiente especialización en violencia vicaria; libros como el de Santana nos ayudan a ver la luz al final del túnel y a trabajar para que las mujeres vivan una vida libre de violencias porque como ella afirma
Así que sí, hay que poner todo el foco en prevenir nuevos asesinatos de mujeres y sus hijos. Pero habrá que empezar a considerar también cómo aliviar el sufrimiento cotidiano de aquellas que, sin estar en riesgo de muerte, viven una violencia indirecta que no pone en peligro su vida, pero sí su salud física y emocional, su paz familiar y su derecho a una buena reputación como madres. En definitiva, su derecho a vivir su vida como ellas han decidido vivirla, que es en libertad y armonía con sus hijos. p. 265
Ojalá nuestros testimonios – el mío y el de tantas otras mujeres que habrán vivido experiencias similares, o incluso mucho peores – sean la gota que inicie, de una vez y de forma contundente e irreversible, el freno firme al maltrato psicológico machista a las mujeres a través del maltrato, físico y emocional, a los menores. p. 256
Que así sea. Gracias Nanda por tu valentía, por dar testimonio, porque sabemos el dolor que hay detrás de las páginas de este libro, y especialmente gracias por abrir una ventana a la resiliencia y al empoderamiento.
