En una coyuntura social postpandemia, en la que los problemas de salud mental se disparan, casi igual que el precio de los alquileres y la vivienda, donde oleadas reaccionarias de jóvenes piensan que con Franco se vivía mejor y no tienen ningún complejo en declararse fascistas, alimentados por unas redes sociales cargadas de bulos y odio, el sistema educativo sobrevive abriendo protocolos de acoso y suicidio, un día sí y otro también. Las violencias impactan en los centros escolares de una manera alarmante, violencias machistas en casa, acosos y ciberacosos en la escuela, violencias sociales que enardecen a las familias (vivimos en un clima de polarización y crispación política como nunca antes), … si a eso le sumamos la precarización y el empeoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora, los procesos migratorios huyendo de situaciones terribles, el cambio climático, … tenemos un cóctel molotov que estalla en las vidas de la infancia y la adolescencia.
La escuela es de los pocos sistemas protectores que quedan en una sociedad en la que muchas familias claudican de las funciones educativas, siendo éstas asumidas por las pantallas; las niñas y los niños pasan buena parte de sus vidas en los contextos educativos, sin embargo, para aprender contenidos curriculares han de tener condiciones óptimas de aprendizaje y eso no ocurre en un número significativo de hogares. Para afrontar esto, no bastan las respuestas pedagógicas, la importancia de diversificar los perfiles profesionales en educación se lleva planteando décadas, sin embargo, muchas Comunidades Autónomas, no cuentan en sus equipos de orientación con trabajadoras o trabajadores sociales, que son quienes tienen la competencia para valorar y atender las necesidades sociales del alumnado, que impactan en sus procesos de enseñanza-aprendizaje.
Canarias es una comunidad “privilegiada”, pues hace 30 años que estableció, por decreto, este perfil profesional en el sistema educativo (aunque ya existía antes de 1995, lo que hizo el decreto de orientación fue unificar los equipos dispersos y concentrarlos en los actuales Equipos de Orientación Educativa y Psicopedagógicos, los EOEP). Sin embargo, el privilegio de existir en el sistema educativo no se convierte en real, pues después de tres décadas, se sigue pensando que “lo social” es competencia del sistema de servicios sociales, y todavía, en 2025, tenemos que seguir explicando y argumentando por qué es importante nuestra presencia en Educación. Mientras se incrementa el número de otras/os profesionales de los EOEP, en Trabajo Social seguimos con bajas y plazas sin cubrir y profesionales saturadas. Curiosamente, el sistema sanitario ha duplicado las plazas de Trabajo Social en los últimos años; hay profesionales de esta disciplina en todos los sistemas de bienestar (servicios sociales, evidentemente, pero también vivienda, empleo, tercer sector, …), sin embargo, al sistema educativo le sigue costando ver la importancia y la necesidad, cuando la mayoría de los conflictos que se producen en los centros tienen un origen social.
Paradójicamente, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades está trabajando en un proyecto de Real Decreto por el que se fijan las especialidades de conocimiento a efectos del concurso de plazas de profesorado universitario, así como los ámbitos de conocimiento a efectos de la adscripción de estos puestos de trabajo, y el Trabajo Social en Educación se propone como una especialidad del ámbito de conocimiento Trabajo Social. En la Universidad de La Laguna se imparte una asignatura denominada justamente Trabajo Social en Educación (que tengo el placer de impartir, por cierto), sin embargo, pese a esta propuesta del Ministerio, a la existencia de una asignatura específica, el trabajo social en el sistema educativo sigue siendo el gran olvidado, inexistente en Comunidades Autónomas como Galicia, en la que, desde el Colegio Profesional, llevan años luchando para su implantación, y en precario en otras, con escasísimas plazas y en proceso de extinción las que quedan.
Así pues, algunas empezamos a tener complejo de dinosaurias (por eso de la extinción) y por llevar tres décadas reivindicando nuestra figura en un sistema que no acaba de creerse que somos imprescindibles para abordar la problemática social que llega a los centros. Porque no, no vale con externalizar las intervenciones y derivar a otros sistemas ya saturados, necesitamos trabajadoras sociales educativas porque conocemos cómo intervenir desde dentro, porque somos especialistas en lo social, porque podemos trabajar con todos los agentes de la comunidad educativa, porque el trabajo social con individuos y familias es propio (especializándonos en la universidad con una asignatura del mismo nombre), porque somos expertas en articular y coordinar recursos para optimizar las respuestas, porque tenemos una mirada integral sobre todos los factores sociales que rodean a nuestro alumnado y porque sí, porque no tenemos que justificarlo más. Porque en estos tiempos convulsos, el Trabajo Social educativo es más necesario que nunca.
