Siempre he sido una ferviente defensora de los sistemas públicos de bienestar, y conste que lo sigo siendo, pero debo confesar que cada vez me cuesta más defender a mi propio sistema, el educativo. Ahora con la vuelta al cole me gustaría hacer algunas reflexiones: los sistemas están conformados por personas que son las que hacen funcionar el engranaje, y esas personas pueden limitarse a cumplir horarios y normativas o añadir un plus a esas funciones y cuidar, querer y tratar bien a la infancia y sus familias, integrantes indispensables de la comunidad educativa.
Me consta que contamos con profesionales competentes y con alto grado de dedicación a la maravillosa tarea de enseñar, pero cada curso me encuentro con situaciones que dañan y rompen emocionalmente a las criaturas, generando traumas de difícil abordaje. Y también, y es lo que más me duele, con profesionales que sabiendo que hechos maltratantes se están dando en sus centros, miran hacia otro lado en pro de un mal entendido gremialismo o con miedo a las consecuencias que pueda tener notificar una situación de violencia sobre la infancia, sea ejercida por un o una docente, por un compañero o compañera o en el contexto familiar. Y así tenemos cientos de peques violentadas o violentados sin una persona adulta de referencia a la que asirse, con miedo a pedir ayuda por temor a respuestas como: “pediros perdón que son cosas sin importancia” o “es imposible que tu padre/tío/abuelo/maestro-a haya hecho eso”. Considero que el sistema educativo es piedra angular para la construcción de sociedades democráticas, igualitarias y justas, y si desde la más tierna infancia los niños y niñas se enfrentan a abusos cotidianos sin nadie que les ayude a frenarlos, cómo van a aprender el valor del respeto, del buentrato, de la paz,…
No podemos seguir mirando hacia otro lado cuando vemos personas y entornos maltratantes, tenemos la responsabilidad de denunciar esos hechos, aunque pase factura emocional y suponga un desgaste enfrentarse a las injusticias y opresiones; pero eso sí, gozaremos de una conciencia más tranquila y la seguridad de estar contribuyendo a procesos de sanación del daño.
En esta semana que retomo mi blog tras las vacaciones, leía esta noticia: Detienen al educador de un centro de menores de Canarias por agresión sexual a tres chicas. Fue una trabajadora del centro quien denunció aportando conversaciones en las que les pedía fotos íntimas a las menores. Y no puedo sino agradecer la valentía de esa trabajadora, el tomar partido por los derechos de las adolescentes, a eso me refiero. Depredadores, violadores, maltratadores,… hay en todos los contextos, pero es especialmente grave que ejerzan en sistemas donde han de atender a la infancia y la adolescencia. Ni los Servicios Sociales especializados (en este caso de protección a la infancia) ni el sistema educativo se libran de ellos, pero eso sí, la administración pública debe ser absolutamente tajante e inflexible en expulsar de los sistemas a personas indeseables que dañan; no vale con un expediente disciplinario de unos meses y la reubicación en otro centro, no vale con medidas administrativas sin más, los delitos hay que perseguirlos penalmente, y el ejercicio de la violencia contra la infancia es un delito.
Sé que el cansancio, el queme profesional, la falta de apoyo de tu propia administración son duros obstáculos a superar, pero no podemos perder la dignidad y la decencia de hacer lo correcto, aunque choquemos contra muros difíciles de vencer. Una sola persona puede no ser capaz de derribar un muro, pero juntas somos invencibles. Creemos alianzas frente a la violencia, la inequidad y la injusticia; la infancia del presente nos lo agradecerá en el futuro.
* Y no nos olvidemos de las mujeres y la infancia en Palestina, Afganistán, Sudán,…
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