Siempre me ha gustado el mes de mayo; cuando era pequeña mi madre decía el siguiente refrán: “marzo ventoso, abril lluvioso, sacan a mayo florido y hermoso”, y sí, mayo es un mes en el que la vida florece, vida sobre la que últimamente llevo reflexionando mucho a vueltas de la mesa de diálogo sobre ecofeminismo y cuidados en la que tendré el placer de participar en el XV Congreso Estatal e Internacional de Trabajo Social en Gijón, a finales de este bonito mes. He leído y releído infinidad de artículos y libros sobre el tema, aunque conociéndome, acabaré improvisando porque si hay algo que me cuesta la vida es seguir un guion. Como he tomado muchísimas notas que no me va a dar tiempo de compartir, aprovecho y las apunto por aquí, para comenzar desde ahora la reflexión sobre el tema.
Algunos elementos para un diagnóstico inicial:
Vivimos frente a una emergencia climática incuestionable que nos conducirá, si no lo remediamos de manera urgente, a la extinción. El poder se apoya en complejos entramados económicos transnacionales que, burlando las leyes, destruyen los territorios y criminalizan y reprimen las resistencias que surjan (solo hay que recordar los asesinatos de activistas como Berta Cáceres o Marielle Franco, pero son centenares cada año). La necropolítica neoliberal genera violencia, exclusión social y degradación medioambiental que impacta fundamentalmente en las vidas de mujeres e infancia. El 80% de las personas refugiadas climáticas son mujeres y en aquellos países con desigualdades más persistentes mueren cuatro veces más mujeres que hombres en desastres ambientales. España, por cierto, es uno de los países más vulnerables al cambio climático (aumento de la temperatura, estrés hídrico, desertización, DANAs,…) (Informe Género y cambio climático, 2020). A todo esto se suman una serie de fenómenos que nos tendrían que llamar la atención: el turismo depredador (incluyendo el turismo sexual) no para de crecer y de dañar los territorios, las pandemias no han hecho más que empezar, el auge del fascismo, las narrativas desinformadoras y la reacción antifeminista aumentan debido a la precarización y el malestar social, la ecoansiedad y los problemas de salud mental son la manifestación de una sociedad enferma (más del 60% de jóvenes en España reporta haber experimentado ansiedad o síntomas depresivos en 2024) … En definitiva, la forma de relacionarse con la naturaleza de manera extractiva, agotando los recursos naturales como si fueran infinitos, está vinculada a un modelo de masculinidad hegemónica y violenta que no solo destruye el planeta sino la vida en el mismo, empezando por las mujeres (violencia sexual, explotación, prostitución,…) Llevamos décadas advirtiéndolo.
“Nuestro no a la guerra coincide con nuestra lucha por la liberación. Jamás habíamos visto tan claramente como ahora la relación entre la escalada nuclear y la cultura de los matones; entre la violencia de la guerra y la violencia de la violación. Esta es, de hecho, la memoria histórica que conservan las mujeres de la guerra… Pero también es nuestra experiencia cotidiana en tiempos de paz y, en este sentido, las mujeres se encuentran perpetuamente en guerra… No es casual que el horripilante ejercicio de la guerra – en el que parece deleitarse la mayor parte del sexo masculino – progrese a través de las mismas fases que las relaciones sexuales tradicionales: agresión, conquista, posesión, control. De una mujer o de un país, poco importa”. (Declaración de las mujeres sicilianas o Manifiesto de Catania, 1980)
Qué poco han cambiado las cosas de 1980 a 2026 …
Alternativas frente al pesimismo:
¿Cómo construir una vida digna de ser vivida para todas las personas? No quiero desvelar todas las claves pues sobre eso girará mi intervención en Gijón y prometo publicar en junio el contenido de la misma, pero el Trabajo Social y el Ecofeminismo tienen mucho que aportar al respecto. Como ya afirmaron Maria Mies y Vandana Shiva (1993) hace tiempo, las mujeres no solo nos estamos preocupando de problemas específicos como las desigualdades laborales, brechas salariales, desigual reparto de responsabilidades domésticas o violencias machistas, sino que participamos en movimientos que defienden la tierra y exigen emancipación y dignidad para todo lo vivo. Reclamamos la centralidad de la vida, construimos redes y liderazgos compartidos.
Las injusticias sociales y ambientales generan resistencias y movimientos de lucha (temporeras del campo migrantes, las trabajadoras domésticas y de la hostelería, las Kellys, las PAH, Sindicatos de inquilinas, Revuelta de las mujeres en la iglesia,…). El feminismo de la cuarta ola tiene como prioridades erradicar la violencia contra las mujeres, los derechos sexuales y reproductivos, enfrentar la feminización de la supervivencia y la crisis de los cuidados, así como la crisis medioambiental. En las sinergias entre los grupos de resistencia y en las pequeñas iniciativas cotidianas ecofeministas está la respuesta. ¿Y quién mejor para dinamizar, fomentar redes y potenciar vínculos comunitarios que el Trabajo Social? Poner la vida en el centro, hacernos cargo de la tierra y las personas, reinventando escenarios donde garanticemos los derechos humanos y la justicia social es tarea de nuestra profesión, no la abandonemos por gestionar la pobreza, la lucha es contra la acumulación de riqueza y a favor de la sostenibilidad de la vida con equidad.
