De profesión: ¿derivadora?


Llevo ya unos años diciendo que echo de menos el trabajo social que viví en los 90, con menos recursos, pero con una implicación vocacional y un amor por la profesión y por las personas con las que trabajábamos, increíble. Esto no significa que en la actualidad no existan bastantes compañeras excelentes y vocacionales, pero los sistemas de bienestar han cambiado mucho en las últimas décadas. En los 80 y los 90 hubo una eclosión de profesionales entusiastas que, tras dotarnos de un marco constitucional, y atravesar 40 años de dictadura y beneficencia, queríamos construir un sistema público de servicios sociales, universal y garante de derechos para toda la ciudadanía. Ese sistema que se construyó con mucho esfuerzo, pero fragilidad, se desmorona. Ni siquiera contamos con una ley marco estatal que cimente los Servicios Sociales como el verdadero cuarto pilar de un Estado de Bienestar. 

Pero ya no hablamos de bienestar, ahora vivimos en la sociedad del malestar, con un incremento alarmante de los problemas de salud mental, con especial impacto en la infancia, adolescencia y juventud y con una precarización de las condiciones de vida preocupantes (recordemos el problema brutal de vivienda que tenemos en Canarias y en otros territorios). Por situarnos en esta Comunidad Autónoma, batimos récords en violencias machistas, pobreza infantil, incremento de procesos migratorios, deterioro medioambiental y turistificación sin límites,… Y eso pasa factura.

Yo, que comencé mi andadura como trabajadora social en 1991 en un barrio vulnerable, de esos considerados “de difícil desempeño”, no había visto la complejidad de situaciones vitales que he atendido en los últimos años, especialmente después del COVID-19. Y justo frente a problemáticas multifactoriales, necesitamos mayor intervención social, más redes comunitarias, más acompañamiento, más escucha, más procesos estables y continuados, más prevención,… Pero paradójicamente, me estoy encontrando con todo lo contrario (salvo honrosas excepciones). Profesionales atrincheradas en despachos haciendo informes y más informes y evitando intervenir, informamos y derivamos, en un bucle infinito, y nos vamos pasando a las personas de profesional en profesional, sin tiempo para coordinarnos, para valorar los resultados de esas derivaciones o, lo más importante, para preguntar a la persona qué necesita y cómo la podemos ayudar de la mejor manera posible.

Voy a contar algunas experiencias que ejemplifican muy bien lo que quiero transmitir:

  • Caso 1: niño con discapacidad que yo entiendo que se encontraba en una situación de desprotección. Técnica responsable del organismo de protección a la infancia que entiende que no, yo insisto en que sí, ella que no (todo esto por correo electrónico), yo propongo una reunión técnica presencial con diferentes profesionales que conocían la situación (servicios sociales municipales, sistema educativo,…); desde el sistema de protección se niegan y no adoptan medida protectora. No nos vemos, no nos hablamos, no hay contacto humano… Pasan los meses, el caso “estalla” y, efectivamente, se tiene que adoptar una medida protectora. Yo me congratulo de mi buen criterio (35 años de experiencia y formación especializada dan para mucho), pero me fastidia enormemente esa forma de funcionar. De trabajar con papeles (informes) y no con personas, de la deshumanización que hay detrás de los expedientes. Tanto tecnificar nuestro trabajo, ¿nos está llevando a perder la mirada humana?
  • Caso 2: mamá de chico con discapacidad, migrante, alta vulnerabilidad,… Después de más de un año de acompañamiento, me dice hace poco: María, por fin encontré una trabajadora social muy buena que me ayudó a hacer tal cosa... Yo le contesto: ¡Qué bien! Me alegro mucho, y ¿fulanita no te ayudó? Respuesta: No, ella no me quiso atender... Ojalá fuera un caso aislado, pero me llegan constantemente comentarios sobre profesionales (no sólo de Trabajo Social, pero también) que tratan mal a las personas que atienden, que son racistas o sexistas, que les imponen intervenciones sin respetar procesos, que las cuestionan o que, alucinante, toman decisiones sobre la vida de personas sin ni siquiera hablar con ellas o saber qué cara tienen, y si el colectivo sujeto de intervención es la infancia, apaga y vámonos. Las criaturas siguen sin ser escuchadas y, cuando se hace, son juzgadas o no creídas.
  • Caso 3: chica adolescente víctima de violencia machista y consumo (inducido por el agresor, que es mayor de edad), contexto familiar complejo… El proceso para culminar la declaración de riesgo sospecho que casi concluirá cuando ella cumpla los 18 y entonces, qué oportuno, ya no se podrá hacer nada desde el sistema de protección. Los plazos de la administración no van al ritmo de las personas, los sistemas se han convertido en gigantescos elefantes que aplastan a las hormiguitas que intentan sobrevivir a la burocratización. ¿Importa más un informe o la vida de la gente?

Y con esto no quiero decir que los informes no sean necesarios, pero uno, no veinte, que parece que ya no se puede dar ni un paso sin informar de todo a una sucesión de mandos intermedios que fiscalizan y ahogan el trabajo de profesionales, que abandonan la intervención social, humana, cálida, acogedora,… para informar, documentar, sistematizar,… y que olvidan que detrás de los expedientes hay personas que no pueden esperar a que documentemos  hasta la última coma su experiencia de vida. Porque las necesidades humanas no dan tregua, porque la gente ha de tener un techo, comida, abrigo,… pero sobre todo, ha de tener un trato digno por parte de las administraciones que, no lo olvidemos, están al servicio de la ciudadanía, y no al contrario.

Las trabajadoras sociales no somos administrativas, ni simples derivadoras, ni informadoras, somos profesionales que construimos vínculos, relaciones humanas de ayuda, de apoyo, que empoderamos y garantizamos derechos, que acompañamos procesos, que fomentamos la resiliencia, pero, sobre todo, que intentamos transformar la inequidad y la injusticia, porque si nos limitamos a atender para mantener el status quo, no estaremos haciendo Trabajo Social. Dejemos los procedimientos administrativos a otros perfiles profesionales y recuperemos el Trabajo Social de calle, comunitario, grupal, individual y familiar, crítico-radical y feminista. Nos va la identidad y el prestigio de nuestro profesión en ello.


4 respuestas a “De profesión: ¿derivadora?”

  1. Hay much@s profesionales comprometidas, pero es cierto que hay muchos obstáculos institucionales. Es muy importante asociarse y luchar unid@s

    • Por supuesto que hay grandes profesionales y muy comprometidas, pero luchar contra los elementos agota y también nos estamos encontrando con mucha gente quemada, con bajas,… porque no se puede trabajar contra la precariedad desde el precariado. Y sí, hay que movilizarse y luchar, pero el agotamiento a veces impide incluso esa movilización. Un abrazo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *